Lección de Viaje Nº 3: Mi peso o tu provecho

Después de la lección de viaje Nº 1, fue claro caer en el lógico arrepentimiento acerca de cargar inútilmente peso de más sobre mi espalda. La pobre, además de sufrir una escoliosis dorsal diagnosticada desde hace años, tiene que encima lidiar con las pretensiones de peso extra que le impongo. Era hora de cambiar esta situación.

Fue así que en Perú, puse manos a la obra.

Muchos de ustedes quizás no sepan lo sabrosa que puede ser la comida peruana (y los que lo saben, entienden de lo que hablo), y lo barato y saludable que puede ser comer en los comedores de los mercados. Comida fresca, abundante, preparada al momento, y considerablemente económica (un plato en el mercado puede costar aproximadamente cinco soles -al momento de esta publicación-, o su equivalente casi dos dólares). Preguntamos entonces donde estaba ubicado el mercado central, y decidimos ir a comer algunos platos típicos.

Apenas entramos nos recibió el aroma a los vegetales frescos en la puerta. Preguntamos nuevamente por el comedor. “Siga por este pasillo”, nos sugirió la amable e inhibida voz de una de las vendedoras.

Nos sentamos en lo que era una especie de barra de bar, muy simple, con banquetas altas y una mujer nos invitó a pedir. “Lomo saltado, por favor”. Había también “Ají de Gallina”, “Papa a la Huancaína” (uno de mis favoritos, gracias Peter), y otros.

Los alimentos estaban ya preparados en ollas gigantes para servirlos fácilmente, mientras que las jóvenes que atendían detrás de la barra seguían preparando más comida y lavando los platos ya usados. Todas trabajaban sin parar. Y ahí, debajo de la banqueta donde estaba sentada, tenía una bolsa llena de ropa.

Un hombre me distrajo. Se acercó a nosotros. Olía a alcohol. Se sentó y pidió comida. Las mujeres lo conocían. Lo llamaron por su nombre y le pidieron que pague por adelantado. Nada sucedió. La situación volvió a repetirse. Nada sucedió. Lo echaron del lugar.

La comida llegó. Comimos e intentamos acercarnos a las mujeres iniciando conversaciones sobre el beodo que acababan de botar. Nuestro acento era inminente, y no estaban acostumbradas a tratar con turistas.

Volví a mi tarea. A mis pies seguía la bolsa. Quería dárselas. Después de todo, creía que ellas podían hacerle el uso que yo no. Admito que me costó ofrecérselas. En estos casos uno no sabe cómo la gente puede reaccionar. No todos pensamos igual, y no todos entendemos las cosas de la misma manera. Lo que menos quería era incomodarlas u ofenderlas. Al final, intenté ponerme en sus zapatos, y me convencí a mi misma que mis intenciones eran buenas. Pensé que si yo fuera ellas, lo agradecería. Con mi mejor sonrisa, y sin hacer mucho alarde, ofrecí la bolsa. Fue así que le encontré dueña.

La muchacha me sonrió, y me dijo “Gracias”, mientras ponía la bolsa a un lado para continuar cortando las cebollas.

Almuerzo en Lima con nuestra familia amiga Raza

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