Nunca tan cerca de la naturaleza

El primer día de excursión en los llanos venezolanos comenzó con muchas expectativas, y más aún después del maravilloso y arrastrado encuentro que tuvimos la noche anterior con Anaconda.

Muy temprano, a la hora que sale el sol y canta el gallo, (sólo que aquí no había gallos, pero sí guacamayos), nos levantamos para la siguiente aventura.

Ya en el mismísimo campamento podíamos sentir esa conexión con la naturaleza. ¿Alguna vez han estado en el campo? Si es así, sabrán que la respiración en el campo es diferente. Los pulmones se llenan de aire puro, y se inflan de olor a hierba.

La paz, y los sonidos son distintos. No hay coches, no hay fábricas, no hay ciudad. Los únicos ruidos que se escuchan son del movimiento de los árboles, el cantar de las aves, el caminar de los animales, o el vuelo de las abejas.

Incluso el cuerpo y los músculos cambian en el campo. Uno se siente más liviano, más libre. Te dan ganas de moverte más, de caminar, de ver verde. Desde el campamento mismo podíamos sentir esa energía sobrenatural, y eso que aún no nos habíamos adentrado en la sabana.

Nuestro campamento en Los Llanos

Un sabroso desayuno casero con café, y arepas nos esperaba antes de salir. Cargamos energías y a las 8 de la mañana nos subimos a la camioneta (la misma con la que llegamos la noche anterior), con los pulmones llenos de aire puro y la barriga llena de alimentos. Salimos.

Tillo, nuestro guía, condujo hasta llegar al río Caño Guaritico, Refugio de la Fauna Silvestre, y allí subimos a un bote para adentrarnos un poco en el Refugio.

A nuestro alrededor cientos de pájaros aguardaban por sus presas. Aquí un ave carroñera diurna, el gavilán caricare.

Ave Caricare de las sabanas venezolanas

También vimos la ave espátula, conocida así por la forma de su pico.

También empezaron a asomarse las capibaras. Es el roedor (ratas gigantes si se quiere) más grande del mundo. En Argentina las llamamos también carpinchos. ¿No les parecen bonitas? Quise llevarme una para mi futuro jardín.

Capibara junto al río

Estaba claro que no estábamos solos. Además de los pájaros, a las orillas del río comenzaron a aparecer los caimanes. Nos sorprendimos cuando vimos el primero, todo el bote se volteó para verlo, y mientras avanzábamos por el río, nos dimos cuenta que había cientos. Seguíamos viendolos uno tras otro en las orillas. Tan cerca, con unas bocas grandes con dientes agudos. Pensé si era posible que uno de ellos pudiese dar vuelta el pequeño bote. Creí que si, por sus tamaños, pero para auto- tranquilizarme (lo hago a menudo, es terapéutico cuando vives con frecuencia estas situaciones) me dije a mi misma que la empresa del tour que contratamos “debía” tener estos detalles bajo control. ¿No?

caimán aguardando a orillas del río

En algún un punto de este itinerario, los caimanes pasaron a ser parte del paisaje. Puesto que, después de haber visto tal cantidad, de todos los tamaños y colores, sentimos que dejaron de asombrarnos. Cada minuto un poco menos. Fue en ese instante, en el que otros protagonistas cobraron fama: los delfines.

Los delfines que vimos son también llamados toninas, o delfines rosados, y son uno de los delfines de río más grandes. Se puede ver como pegaban saltos en el agua, como llamando nuestra atención.

Tonina muy cerca de nuestro bote, en el río

Después de unas casi dos horas de andar por el río, llegamos a un sitio que tenía una especie de costa, y bajamos del bote. Nuestra siguiente misión era “intentar” pescar pirañas con una técnica de pesca bastante rudimentaria: un hilo de pescar enganchado a un pequeño palo de madera. Y ya. A tirar el hilo lo más lejos posible.

A las dos horas de intento, había pescado 2… ! Vaya complejidad… (Estas mismas pirañas las disfrutamos en la cena de esa noche).

Piraña sobre el bote

Luego de la pesca, la tarde comenzaba a apagarse. El sol comenzaba a caer en el horizonte y nuestros estómagos pedían por el pescado que habíamos obtenido con el sudor de nuestra frente. La puesta de sol nos motivaba.

Puesta de sol en la sabana venezolana

La noche terminaba, pero para rematarla, antes de irnos a dormir, en nuestra “habitación” del campamento nos decían buenas noches una bonita araña y un pequeño escorpión.

Y todavía faltaba el segundo día de excursión!

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