Bella y Arrastrada

La camioneta se detuvo en la oscuridad de la noche. Era una camioneta no muy grande. En la parte delantera iban el chofer y un acompañante, y nosotros detrás, junto a otros turistas. Cabe aclarar, viajábamos algo incómodos, pero contentos porque sabemos que eso forma parte de la aventura. Sin embargo, y a pesar de nuestra mirada optimista, las ocho horas de viaje en esos asientos poco acolchonados ya se habían empezado a sentir hace tiempo.

Nuestros cuerpos agotados del viaje, y nuestra mente con neuronas en huelga no respondían. Las ganas de descansar eran tan potentes, que cualquier sitio, incluso el mismo suelo era bueno para dormir. No se realmente que es lo que desgasta cuando uno viaja. Incluso cuando no cambiamos de posición corporal y pasamos muchas horas en el mismo avión, autobús, tren o barco, se siente como si uno hubiese corrido una maratón. ¿No les ha pasado? Si alguien tiene respuesta a este espontáneo dilema, estaré contenta de que la comparta.

Volviendo al tema, la camioneta se detuvo en el medio de la carretera, solamente con la poca luz de la luna, y las luces delanteras del vehículo. Eso logró despabilarnos, y sacarnos de esa nube de sueño en el que estábamos cayendo.

Afuera, nos rodeaba meramente campo. Extensas sabanas en su punto más puro. Estábamos en los llanos venezolanos. El río Apure cruza esta área y divide el ecosistema. Para que tengan una idea, y para los que conocen los Esteros del Iberá en Argentina, son ecosistemas muy parecidos, con fauna muy similar.

Atardecer en los Llanos Venezolanos

Parados dentro de la camioneta. Recé en silencio para pedirle a Dios que por favor no se tratase de una pinchadura del neumático. No era el lugar más oportuno para quedarse. ¿Quién iba a rescatarnos? El chapulín colorado estaba en México, bastante lejos. Superman, en Estados Unidos. Pensé… pero no se me ocurrió ningún héroe venezolano. Si no tuviésemos otra alternativa que pasar la noche ahí, nos veríamos rodeados de la nada hasta la mañana. Eso siempre y cuando ningún animalito de la fauna salvaje de los llanos nos confundase con su cena.

El chofer de la camioneta se acercó. Se hacía hacía llamar “Tillo” de apodo, y era uno de nuestros guías. No había conocido antes un guía tan descarado y gracioso como él. Con sonrisa contagiosa, y ojos de picardía, nos hizo sentir parte de la naturaleza acercándonos a ella. “Bajen a ver esto”, nos dijo como emocionado.

Descendimos de la camioneta. Yo pisaba despacio porque en realidad no sabía bien que pisaba bajo la escasa luz de la luna. Nos acercamos poco a poco a la parte delantera del vehículo. Entonces, LA vimos.

Ahí estaba, inmóvil, pegada al suelo con su piel brillosa. Intentaba absorber el calor que el sol había dejado sobre la carretera después de reflejarla todo el día. La observé bien. Fácilmente medía tres metros de largo. Las ondulaciones de su piel tenían tonos en verde y dorado.

La Anaconda en el camino. Los Llanos

La vi bella, sí, bella y glamorosa. La anaconda yacía cómodamente delante de nuestros ojos. Y no estábamos en ningún zoológico… Estábamos en su casa, en su hábitat natural. Tal como lo hacemos nosotros, andamos por nuestra casa por donde nos place, y no pedimos permiso a nadie. ¿Existe algo más bello que disfrutar así de la naturaleza?

No se percató de nuestra presencia, seguía inmóvil. Pero la camioneta debía avanzar, y no había otra forma de seguir lamentablemente sin moverla a un lado. Entonces Tillo no tardó en ponerle manos a la obra. Ahí entendí su salvaje capacidad de manejar la situación. Sin absolutamente miedo alguno, y con la ayuda del “llanero”  que venía como acompañante, la tomó de la cabeza, para evitar que lo mordiese, y la alzó.

La tenía controlada, lo podíamos ver. Pero era imposible no sentir miedo de la situación. Nos invitó a tocarla. ¿Tocarla? Dijo TOCARLA. Otros turistas se animaron. Primero dije que no, gracias (y no se porque agradecí como si me estuviesen invitando a comer). “Sin miedo, tócala”, nuevamente la invitación. Y se trata de una de esas cosas que uno cree que no hará jamás en la vida, y uno de esos momentos, que uno cree que no volverán a presentarse tampoco jamás. ¿Por qué no? “Está bien”. Me acerqué, y me la cargó al cuello. Menos mal que había docho sólo tocarla…

Anaconda sobre mi cuello. Los Llanos.

Su piel de escamas estaba muy fría. La piel parecía viscosa, pero al tacto era puramente suave. Me la saqué lentamente del cuello.

Tillo la movió hacia un lado del camino. En los minutos siguientes sólo podía pensar en ella. Subimos nuevamente a la camioneta y seguimos viaje hacia el campamento. No faltaba tanto para llegar.

Media hora después estábamos entrando. Una cena casera nos esperaba, mientras que todos no dejábamos de comentar lo que recién había sucedido. Ahora teníamos que enfocarnos en descansar porque este era sólo el comienzo de la aventura. Pronto, más…

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