Lección de Viaje Nº 4: Mal pero acostumbrados

Pasamos unos días en Popayán y estábamos más que listos para ir a San Agustín. Todo el mundo nos habló maravillas del sitio arqueológico de San Agustín en Colombia. Incluso nuestra guía Lonely Planet, que vendría a ser como la Biblia para viajeros, lo destacaba. Las expectativas crecían.

Nuestro deseo era llegar antes de que oscurezca, para evitar algún que otro mal momento, incluso más cuando tienes al hombro mochilas gigantes, es normal que te conviertas fácilmente en un blanco para las aves rapiñas. Por lo tanto, decidimos dejar Popayán temprano, y viajar de día.

En la Terminal de autobuses nos habían avisado que eran cinco horas a San Agustín, por lo que decidimos estar a las nueve listos y perfumados (es una forma de decir) firmes en la terminal para partir.

Desafortunadamente, solo dos compañías iban a la ciudad de San Agustín. El resultado: precios altos. Con la mejor cara de simpatía y algo de suerte, sacamos un buen descuento, y nos prometieron cinco horas de viaje directo, y en un autobús nuevo, que salía justamente a las nueve y media de la mañana. Parecía perfecto.

Nos sentamos, comimos tonterías esperando el autobús, y nos bajamos una botella de agua, como semi desayuno. Pero, el bus comenzó a demorarse. Sublección aprendida: los autobuses salen cuando recién están llenos. Salió casi una hora después y no era ni nuevo, ni cómodo. Genial. Subimos.

Al principio, la carretera parecía normal. Un rato más tarde, y para nuestro pesar resultó ser la peor carretera desde que dejamos Buenos Aires: muchas rocas, camino de montaña, obreros trabajando. El camino se volvía más estrecho por esta situación. Como si estuviésemos participando en un Samba, que fue uno de los juegos mecánicos de mi niñez, pegábamos unos saltos tan altos, que por poco tocábamos el techo del autobus, que por cierto, no era tan alto. No tan cómodo.

La botella de agua que bebí comenzó a generar efecto. Genial. Sin baño en el autobús. Más genial todavía. Comencé a aguantarme. Mi parte del cerebro optimista me decía: “llegaremos pronto”.

Afuera de la ventana el cielo gris nos cubría de a poco, y minutos más tarde las gotas en el vidrio nos avisaron de lo inminente: lluvia.

Con los saltos que el autobús daba por la cantidad de pozos en el camino, y con las malas ventanillas, el agua comenzó a entrar. La sentí porque claro, empezó a mojarme. Minutos más tarde no eran gotitas, eran chorros. Iguazú quedaba corto para esta situación.

El camino con la lluvia se convirtió en chocolate. El barro me traía imágenes negativas.

Solo pensábamos en llegar. Llegar. Pero lo cierto es que no sabíamos donde íbamos a hospedarnos, y la idea de buscar hospedaje bajo la lluvia no nos alegraba en absoluto.

El autobús se detuvo. El móvil (o celular, como quieras llamarlo) indicaba que eran las once de la mañana. Cuando viajas por latinoamérica y para viajes largos, a veces algunos autobuses hacen una parada de unos veinte minutos para que los pasajeros coman algo. Pero en este caso parecía muy temprano para hacer parada para comer.

El chofer bajó del autobús. No sabíamos bien donde estábamos, parecía un pueblo pequeño, con casitas sencillas y algunas tiendas. Atrás del chofer, otros pasajeros aprovecharon para comprar algo de comida.

El chofer volvió a subir, tomó una caja de herramientas y bajó nuevamente. Genial. Habíamos pinchado una rueda.

Una hora aproximadamente, estuvimos mirando el techo del maldito autobus, hasta que se solucionó el problema. Vuelta a la deliciosa carretera de chocolate.

La lluvia seguía golpeando mi ventana. Mi pierna izquierda estaba lo suficientemente mojada como si hubiese salido sola a caminar afuera. No habían pasado treinta minutos de andar en la ruta que volvimos a parar. Delante nuestro, otro autobús estaba esperando.

Nuestro chofer bajó. Tres minutos después volvió a subir, y como si fuese una especie de déjà vu, tomó nuevamente la caja de herramientas y bajó. ¿Que podía ser peor que pinchar una rueda? Pues, que tengamos el chofer más amable del mundo que ayuda a otro autobús que pinchó una rueda. ¿Ven que en el mundo sí hay gente buena?

Una hora más tuvimos que esperar para salvar el mundo de los pinchadores de ruedas. Cuando el chofer terminó de ayudar a su cólega, me acerqué y como si fuese un volcán en erupción (pero sin lava), le escupí, figuradamente, en cinco minutos, mis seis horas de infierno: que “su compañía” nos había engañado diciendo que el viaje iban a ser cinco horas, que el autobus no es nuevo, que no hay baño, que las ventanas están dañadas, que porqué tuvo que nacer tan amable…

Y entonces cuando terminé de decirle todo esto, y vi su cara de querer salir corriendo, miré hacia el autobus nuevamente, y me di cuenta que todo el resto de pasajeros me miraban, es decir, miraban a la loca con acento raro quejarse. Pobre cristiano, al final el chofer no tenía la culpa. Estaba haciendo su trabajo. Entonces desistí.

Nadie, pero nadie de los veinte pasajeros se quejó. ¿Estaban acostumbrados? ¿Resignados? Subí al autobus. Me sentía más liviana, había dejado abajo un poco de lava. El hombre sentado a nuestro lado me confesó: “esto pasa siempre”. Todos lo consideraban normal. Todos sabían del mal estado del camino menos nosotros. Y nuevamente, la compañía de autobuses no nos había dicho nada. ¿Será que la gente se acostumbra a pasarla mal? ¿Es pereza no quejarse? ¿Es inconformismo hacerlo?

San Agustín ya estaba más cerca.

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