Parque Nacional del Terror: El Cajas

Llegamos al Parque Nacional El Cajas muy temprano por la mañana, a la hora que canta el gallo, en uno de los autobuses que salen de la terminal de Cuenca. El viaje no fue largo, son sólo unos 3o kilómetros desde la ciudad.

Entramos a la oficina de turismo del Parque, y nos recibió la guardabosque (siempre quise usar esta palabra, porque me recuerda al Oso Yogi), aunque no estoy completamente segura que fuese una guardabosque o personal de seguridad. Sorpresivamente, no tuvimos que pagar la entrada. No sabemos el porqué, tampoco preguntamos mucho, ya saben, un regalo es un regalo. Pero nos llamó la atención porque la guía Lonely Planet explicaba que la entrada debían ser diez dólares.

Seguido a esto, la “a mi juicio guardabosque”, nos pidió que por favor completásemos el cuaderno de visitas con nuestros datos. Sólo había unas dos personas más que habían ingresado antes que nosotros. ¿Poco popular? No lo creo.

Salimos de la oficina. La humedad nos decía que la noche anterior había llovido. Delante nuestro un hombre con botas de lluvia nos abrió los ojos a la realidad. No estábamos muy preparados para atravesar el Parque. Mucho barro, mucho chocolate diríamos en mi pueblo. Preguntamos al hombre de las botas si estaba señalizado el camino, como quien busca soluciones reales y rápidas. Nos dijo que sí, y respiramos.

Pero caminar no era fácil. Debíamos hacerlo muy lentamente, porque el barro nos hacía resbalar. A esto se le sumó el hecho de que los caminos no eran horizontales. Era necesario estar doblemente atentos, y considerar el esfuerzo adicional de subir o bajar las pendientes. La lluvia había hecho sin dudas el trabajo más complicado.

Pasaron diez minutos desde que empezamos a caminar y empecé a preguntarme si quería de verdad hacerlo. Comencé a entender todo de golpe. Fue por algo que no nos habían cobrado la entrada al Parque. Por algo no había nadie en el Parque y éramos los únicos dementes y mal preparados en el lugar. Por algo nos habían pedido nuestros datos, ¡por si no salíamos vivos del lugar! La paranoia me inundó. Respiro.

Miré a mi alrededor. El paisaje me motivaba, nos motivaba. Fue entonces que pasamos muy cerca de uno de los lagos del Parque y un árbol aislado pero como pintado de un cuento nos sorprendió. Saludaba al lago con colores vivos. Nuevamente, tan hermoso como peligroso.

Ahora tocaba tomar un estrecho camino un tanto pantanoso, y algo elevado en el terreno, que bordeaba al lago. Con tal paisaje, nadie podía evitar no caerse al agua, y nadie podía después salir de allí. Nuevamente, nadie alrededor. Nuestro amigo con botas ya nos había dejado atrás hace rato. La adrenalina subía por las venas.

Volví a tener ganas de volver. Sí, llámenme gallina. Uno de esos momentos en los que nos preguntamos porque. ¿Por qué entramos al Parque? ¿Por qué no escuché los sabios consejos de los que me recomendaron zapatillas de montaña? ¿Por qué no preguntamos más para enterarnos de que quizás no era buena idea visitar el Parque en época de lluvias? Muchas reflexiones, pero seguíamos andando con las malas zapatillas, sin botas, y completamente solos.

Al fin pasamos el lago. Nos dimos cuenta de que encontrar los marcadores en el camino se iba haciendo cada vez más complejo. Había de vez en cuando marcas en las rocas, siempre del mismo color rosado. Cuando las veíamos nos gritábamos entre nosotros, para saber por donde ir. No era tan simple.

Vimos un río. Alguien se había apiadado de nosotros y había puesto una madera para cruzarlo. Esta pequeña tabla consiguió alegrarnos un rato.

Estábamos del otro lado. Más lomas, neblina y vegetación. Vimos a lo lejos otro lago.

Cuanto más caminábamos, notamos que más seguros se volvían nuestros pasos. Es la regla de la experiencia. Se podría decir que conocíamos más el terreno después de un rato de andarlo. El resultado: menos resbalones por cuarto de hora. Genial. Ya habíamos llegado al otro lago.

Seguíamos buscando los marcadores del camino. Los veíamos cada cinco minutos, mas o menos. Dejamos de verlos. Juro que los buscábamos bien, pero no era fácil encontrarlos. Finalmente dimos con una piedra señalizada con color azul. ¿Y eso? No entendíamos si era normal, si por error habíamos cambiado de camino, o si con tanta mala suerte nuestra amiga la guardabosque se había quedado sin pintura rosa.

Seguimos, mientras tanto, más marcadores azules fueron apareciendo con la misma frecuencia que los anteriores rosados. Pensamos que, al fin y al cabo, el camino debía terminar en algún momento, sea el color que sea. Ya no sabíamos bien que creer, pero estábamos lo suficientemente sumergidos en el circuito y necesitábamos salir y llegar a algún sitio. Idealmente, ¡la salida!.

Una cascada natural nos quitó de este pensamiento pesimista por unos minutos. El paisaje nos animaba como quien te da una palmadita en la espalda para consolarte. Dejamos la cascada atrás.

Nos recibió otro lago. O no sé si era uno de los lagos que ya habíamos pasado. ¿Estaríamos yendo en círculos? De nuevo, la paranoia. Para colmo, el cielo nos murmuraba posibles lluvias. Como entrenados caballos, seguimos los colores azules de los marcadores, hasta que la presencia de unas llamas nos detuvo.

Eso nos hizo sentir menos solos. A lo lejos, ruidos diferentes. ¿Motores?. Nos hizo ilusión escucharlos. Nunca creí que una carretera podía ponerme tan feliz. Estábamos cerca. Que alivio…, pero al mismo tiempo ¡qué emocionante! Llegamos al final.  Nota mental para el futuro: botas o zapatillas de montaña.

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